¿A los leones? Fieras, mártires y cine

La imagen de los leones devorando cristianos en el Anfiteatro de Roma es uno de os iconos cinematográficos más persistentes desde que el mundo del celuloide descubriera el filón de las grandes producciones de toga y espada. El público pagano, enfurecido y sediento de sangre, rugiendo desde las gradas. El emperador en su asiento de oro, rodeado de sus corruptos consejeros, sus concubinas y sus esclavos y libertos. Y en la arena, los desdichados cristianos, resignados a morir por su fe y afrontando orgullosos su martirio entre las garras de las fieras para deleite del público. Una escena que buscaba ser vendida como histórica y como resumen de toda la civilización romana, así como causa ejemplar de la decadencia y la desaparición del Imperio. ¿Qué mejor motivo para la ruina de una institución milenaria que la ira de un Dios furioso porque sus fieles eran entregados al apetito de voraces leones? Los primeros cristianos martirizados, los romanos castigados por la ira divina y la puerta abierta para la llegada del mundo medieval en el que Dios y sus delegados en la tierra no serían cuestionados en lugar alguno de la Cristiandad.
Esta idea ha trascendido notablemente el mundo del cine, llegando a todas las facetas de la cultura popular del siglo XX. Citemos sólo el genial y patrio ejemplo de Francisco Ibáñez y su Mortadelo, en una genial viñeta en la que un cristiano condenado proponía a su carcelero una solución satisfactoria para todos: “Que digo yo que los leones ya estarán hartos de cristianos, que les podrían echar un moro para variar”. Los leones romanos, alimentados según el mito durante todo el Imperio a base de cristianos y algún que otro elemento disidente.

¿Existió esta Roma complacida en entregar por sistema a las fieras a los adeptos al cristianismo? Si seguimos las prescripciones de la Iglesia católica, debemos suponer que sí. La base de sus creencias está firmemente asentada en la imitación de estos mártires entregados al suplicio, por lo que, si suprimimos la circunstancia histórica de la represión, eliminaríamos también el carácter excepcional de los santos y los mártires. El cine de la primera mitad del siglo XX, heredero y portavoz absoluto del puritanismo anglosajón y de la moral protestante impuesta hasta los años sesenta, reprodujo complacido este esquema. Si aún pensamos en Nerón con el rostro de Peter Ustinov es por su afición a culpar a los cristianos del incendio de Roma en Quo Vadis?. Si tenemos un magnífico retrato de las carreras de cuadrigas en todo su esplendor se lo debemos a la conversión de Charlton Heston en su papel de Judah Ben-Hur. Si los romanos eran interesantes para el cine de la época no fue por una atracción hacia su cultura, pagana al fin y al cabo, sino por su faceta de opresores de los primeros cristianos. Naturalmente, hay honrosas excepciones que retratan la antigua Roma sin necesidad de recurrir a los mártires entre los leones; citemos solo dos, por geniales,: el Julio César y la Cleopatra de Manckiewitz.

Pese a la imagen que el cine ha vendido a sus cándidos espectadores durante más de medio siglo, Roma fue una de las civilizaciones más tolerantes de la Antigüedad respecto a los cultos extranjeros. Los mismos historiadores romanos nos muestran cómo el poder de la ciudad se había asentado a lo largo de los siglos gracias precisamente a esa capacidad de integración de nuevos elementos sin perder nunca su propia esencia. La República Romana recibió y aceptó en primer lugar los cultos y divinidades etruscas e itálicas, y con ellas creó su religión patria. Después, la expansión hacia el sur de Italia les puso en contacto con los mitos y formas de religiosidad griegas, que causaron un enorme impacto en la cultura romana hasta llegar a darle nuevas formas aparentes. Poco a poco, cultos egipcios y orientales fueron penetrando en la Urbe sin que, salvo contadas excepciones, se legislara contra ellos o se realizaran persecuciones contra sus adeptos. Roma tenía sus cultos propios, ligados a las elites y al poder, pero el pueblo pudo practicar su propia religión siempre que esta no interfiriera en el orden público.
Con la llegada del Imperio la situación varió ligeramente: el nuevo dirigente romano acabó asumiendo un carácter divino y recibiendo un culto en Roma y las provincias. Los habitantes del Imperio podían mantener sus propios cultos, siempre que aceptaran también rendir culto al emperador como figura divina. Fue en este contexto donde los cristianos comenzaron a ser perseguidos, no por su religión, sino por su actitud de abierta rebeldía contra la figura del emperador. No era una cuestión de fe, sino de política. A esto se sumaron los crecientes preceptos que el cristianismo exigía de sus adeptos, incompatibles con el desempleo de la ciudadanía romana, como la negativa a servir en el ejército. La Iglesia contabiliza como diez las persecuciones contra los cristianos, y en ellas encuadra la muerte de sus grandes mártires y santos.
Edward Gibbon en su Decadencia y Caída del Imperio Romano arroja un cáculo máximo de 2.000 víctimas cristianas durante la Gran Persecución (303-313 d.C.) y un estimado total de 4.000. Si tenemos en cuenta que estamos hablando de un periodo de tiempo de casi medio milenio, esta cifra no resulta tan abultada. No estaban, por tanto, los leones tan hartos de cristianos como el cine clásico nos quiso hacer ver.
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