Boy Culture

El género de cine gay, si es que existe tal cosa, se ha caracterizado a lo largo de su historia por presentar en un primer momento a los personajes homosexuales como individuos depresivos, con problemas psicológicos y tendencias suicidas. En esta primera época son pocas las películas dedicadas enteramente al género, pero en algunas cintas de tipos variados se colaban personajes homosexuales estigmatizados siempre con las taras señaladas. En una segunda etapa, con el avance del movimiento gay y lésbico, el aumento de la visibilidad y la naturalización, lenta pero firme, de este colectivo, el cine encontró un nuevo filón en las tragedias del homosexual contra el mundo, en sus muy variadas versiones. La mayoría de las películas, incluso las comedias, presentaban un permanente poso de drama y tragedia: el gay tiene que luchar contra el mundo para encontrar su lugar en él. Y si no era así, no resultaba interesante para la industria cinematográfica.
Boy Culture rompe definitivamente con esta tendencia al absoluto dramatismo presentando una historia de amor, tan compleja y a la vez simple como son las historias de amor. Los protagonistas sufren, pero no lo hacen por ser homosexuales, sino por ser humanos. El mismo guión podría haberse firmado teniendo como telón de fondo tres personajes heterosexuales y los personajes podrían haber tenido un desarrollo semejante, si no paralelo.

La cinta cuenta la historia en primera persona de X, un chapero con considerable éxito económico y laboral, feliz con su trabajo. No hay señal alguna de una obligación para ejercer la prostitución: X no tiene apenas vicios que le obliguen a ganar dinero ni una familia numerosa y pobre a la que mantener. Tiene un número fijo de clientes, diez, que le pagan abultadas cifras por sus servicios sexuales, y ningún escrúpulo moral que le impida ejercer su profesión. X sólo tiene un drama en vida: es virgen. Como profesional del sexo ha mantenido relaciones con gran cantidad de hombres, pero nunca ha hecho el amor verdaderamente. La narración va hilvanando la historia de sus dos compañeros de piso, Andrew, un joven de raza negra del que X está profundamente enamorado, y Joey, un chico promiscuo y despreocupado, secretamente enamorado de X. Por otro lado, X acepta ofrecer sus servicios a un nuevo cliente tras la muerte de uno de los antiguos. El hombre al que debe satisfacer resultará ser un anciano con una interesante historia que le planteará enormes dudas existenciales a X. La historia de estos tres chicos y un anciano va entretejiéndose lentamente a medida que todos ellos van revelando sus verdaderos sentimientos. El amor, la promiscuidad, el sexo, la necesidad de aprovechar el momento presente… son todos temas presentes en la cinta, tratados de una manera magistral.
Dentro del grupo de actores, bastante desconocidos fuera de los Estados Unidos, debe destacarse el trabajo de Darryl Stephens en el papel de Andrew. Stephens se ha convertido en los últimos años en uno de los iconos gays más reconocidos de la pequeña pantalla gracias a su papel protagonista en la serie Noah’s Arc, la que se ha considerado la versión afroamericana de Queer as Folk. Siguiendo la estela de otros éxitos como Sexo en Nueva York. Su papel en esta serie sin duda fue crucial para su elección como coprotagonista de Boy Culture, y ello le ha llevado a participar en algunos de los más prestigiosos festivales de cine gay en todo el mundo.
Boy Culture por desgracia no ha recibido la atención que una obra de esta calidad hubiera merecido por parte de las distribuidoras. En España apenas se proyectó en algunos cines, siempre como una curiosidad pensada para un público escaso, por lo que nunca llegó a doblarse para la gran pantalla. Afortunadamente, su comercialización en DVD ha hecho que esta pequeña gran joya del cine gay haya llegado a un mayor número de personas. De su calidad pueden dar fe los numerosos galardones que ha obtenido en festivales internacionales como London Lesbian and Gay Film Festival o el Paris Gay and Lesbian Film Festival, ambas en 2006.
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