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La Esparta soñada y la Esparta real: 300

 Todo un delirio de creatividad, una orgía de placeres para los ojos, un derroche de talento visual. Casi dos horas de goce estético puro, de luchas sangrientas, épicos discursos, paisajes de un mundo soñado, fornidos guerreros y sensuales reinas entregados a los placeres de matar y fornicar. Saltos imposibles, monstruos abominables, mares de sangre y agua, intriga, sexo, pasión y un final digno del más dotado narrador de ficción. Todos estos elementos ofrece al espectador la cinta de Zack Snyder: una promesa de vibrar en la butaca, de no caer en ningún momento en el aburrimiento.

Sin embargo, al contrario de lo que afirma Gerard Butler con cavernosa voz antes de asestar al pérfido persa una monumental patada en el pecho, esto, queridos lectores, no es Esparta.

 Ver una película de este tipo con un historiador es un auténtico coñazo, lo reconozco. Pero es que ser historiador pasa por ser un poco coñazo, así es la vida. Qué más quisiera yo que entregarme a disfrutar de este tipo de cine sin fijarme en absurdos detalles de vestuario, reconstrucción de escenarios o anacrónicos artilugios que nunca debieron haber sido incluidos en la película. Pero la deformación profesional es lo que tiene, te quita unos niveles de disfrute y te otorga otros.

Leónidas era rey de Esparta en el momento narrado en la película. Pero sería más correcto afirmar que era uno de los reyes de Esparta, pues una de las características de esta polis era la doble monarquía, una situación que se mantuvo a lo largo de toda su historia. Nada se cuenta en la película del otro monarca.

Los éforos, esos monstruos repugnantes que deslizan sus rasposas lenguas por la húmeda piel de las jovencitas elegidas para ser oráculos, son sin duda las figuras más manipuladas de toda la narración. Nada de monstruos, ni de deformes, ni de vivir en lo alto de un monte. Los éforos de Esparta no eran más que los magistrados elegidos por la asamblea, con la tarea de colaborar con los reyes en la labor de gobierno y al mismo tiempo ser una contraposición a su poder.

Y no nos engañemos, por muy épica que resulte la idea, los lacedemonios no acudieron solos a las Termópilas para detener el avance de los persas. Junto a ellos había mil hoplitas de Tegea y de Mantinea, ciento veinte de Orcómeno y mil del resto de Arcadia, cuatrocientos de Corinto, doscientos de Fliunte y ochenta de Mecenas. Es decir dos mil cuatrocientos soldados además de los musculados amigos de Leónidas. Hay que reconocer sin embargo que la hazaña de los espartanos sí tuvo lugar al final de la contienda: cuando supieron que habían sido traicionados, fueron los únicos que permanecieron en su puesto, mientras el resto de los griegos tiraban sus escudos y ponían pies en polvorosa.

Dejemos la crítica y pasemos a los reconocimientos. Efialtes, el jorobado felón que llevó a Jerjes a la victoria sobre los espartanos, existió en realidad, pero parece ser que su motivación no fue el despecho de verse rechazado por sus conciudadanos, sino el simple y puro deseo de una recompensa económica. Que fuera jorobado y feo no lo sabemos. Aristodemo, el único de los espartanos que sobrevivió, no fue recibido precisamente con los brazos abiertos en su hogar: fue considerado un desertor y todos se negaron a tratarle como un igual. Estuvo presente en la batalla de Platea, y aunque no fuese él quien comandaba a los griegos, tal como aparece en la película, sí luchó con honor y pudo lavar su reputación.

Un último guiño del argumento a la realidad histórica. Vuelve con el escudo o sobre el escudo. Esta advertencia que le hace la reina a Leónidas antes de que éste parta está basada en el consejo que les daban las madres lacedemonias a sus hijos antes de la batalla. Debían volver con el escudo o sobre él, pues volver sin el escudo significaría que lo habían arrojado en la huida. Para una madre espartana era preferible recibir a su hijo muerto, sobre el escudo, tal como se rendían las honras fúnebres a los guerreros caídos, que recibirlo deshonrado por haber preferido vivir a cumplir con su deber.

Si habéis leído todo esto, sólo me queda recomendaros que lo olvidéis antes de ver la película de nuevo. Si queréis aprender historia de Grecia, compraos un buen libro y pasad de ir al cine. Si queréis ver una buena película de acción, tirad el libro y limitaos a disfrutar de ella.   

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