Un eterno soplo de aire fresco llamado Jean Vigo
Una de las constantes de la historia del cine es la búsqueda de auténtica libertad, de aquello que no se puede premeditar ni alcanzar sólo mediante conocimientos técnicos. Lo buscaron Godard y Truffaut a mediados del siglo XX y otros, como el español Víctor Erice o el argentino Eliseo Subiela siguieron esa senda muchos años después. Es difícil concretar quién abrió aquel camino en el que las películas empiezan a ser más poéticas que narrativas, pero sí se puede afirmar con seguridad que Jean Vigo, un malogrado cineasta francés que murió en 1934, a los 29 años, fue de los primeros.
El amor por la libertad que desprenden las dos únicas obras de ficción en sentido estricto que llegó a filmar, “Cero en conducta” y “L’Atalante”, parece una cuestión genética en cuanto se echa un vistazo a su biografía. Su padre, Eugeni Bonaventura de Vigo i Sallés, fue un anarquista catalán que acabaría suicidándose en prisión. El sobrenombre por el que se le conocía, Miguel Almereyda, ocultaba con el anagrama de su apellido
("y'a la merde") un mensaje transgresor que de algún modo anunciaba ya lo que sería el cine de su hijo, ingenuo y feroz al mismo tiempo. Aquel suceso determinaría además que el niño Jean Vigo fuese enviado a un amargo peregrinaje por diversos orfanatos del que años más tarde se vengaría a su manera con el himno a la rebeldía que supuso “Cero en Conducta”. Tan claro quedó ese mensaje, que las autoridades francesas prohibieron la película durante cerca de trece años por antipatriótica, a pesar de que su final es un homenaje en toda regla y a escala infantil a lo que fue la Revolución de 1789.
Pero la obra maestra de Vigo es sin duda “L’Atalante”, un largometraje que, al igual que el río que le sirve de trasfondo, fluye invitándonos a dejarnos embarcar en ella y liberarnos de los prejuicios que tenemos sobre lo que debe ser el cine. Sus personajes aman, sufren desengaños, perdonan u observan lo que sucede a su alrededor con socarronería o vitalismo según de quien se trate. Vigo no cuenta, ni pretende hacerlo, una historia con propósito definido, pero la sensación que deja al finalizar esa sucesión de sonidos amables e imágenes sorprendentes es la misma que la de los viajes memorables: tenemos algo indescriptible que no poseíamos cuando partimos. La música, a menudo utilizada con torpeza o directamente desaprovechada en esta primera época del cine sonoro, juega un papel fundamental y es la pieza clave de la resolución de la película.
Es muy posible que la era en la que vivimos, en la que las nuevas tecnologías ponen al alcance de casi todos la posibilidad de hacer cine y distribuirlo por canales alternativos, hubiese entusiasmado a un espíritu emprendedor y amante de la libertad como el de Jean Vigo. No obstante, ese abanico de posibilidades casi infinito puede llevar con facilidad a la desorientación, al igual que la sobreabundancia de información a la que estamos expuestos parece volvernos más superficiales en lugar de más sabios. Por eso mismo, el cine de Vigo es hoy tan necesario como a mediados del siglo XX, cuando sirvió de inspiración a un grupo de directores franceses que quisieron darle al cine un soplo de aire fresco ahora encorsetado académicamente en el término “nouvelle vague”. Sea cual sea el momento que atraviese el séptimo arte, “Cero en conducta” y “L’Atalante” le devuelven al concepto de libertad ese aire de inocencia y sencillez profunda que nunca debió perder.
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No sabia nada de este tipo
No sabia nada de este tipo de cine....realmente interesante.
Haber lanzan más de Vigo pachi!