En ocasiones se produce la paradoja de que una pelÃcula que pretende ser histórica trasciende la propia Historia. Lo que nos cuenta, los personajes que intervienen, las ideas que emanan de ella, rompen con la estructura que les impone su desarrollo en un momento concreto y en un lugar determinado. Esas pelÃculas consiguen tocar la esencia de lo que es ser hombre, de lo que supone sentirse humano. Pueden ser vistas por cualquiera, sea cual sea su condición y nacionalidad, y el espectador siempre captará el mensaje fundamental de la cinta.

Salvador, de Manuel Huerga, es sin duda uno de los escasos ejemplos de estas pelÃculas históricas llamadas a convertirse en clásicos.
En Septiembre de 1973 un grupo del Movimiento Ibérico de Liberación, tras haber perpetrado varios atracos en Cataluña para conseguir dinero que financiara su lucha armada contra el régimen de Franco, es cogido por la Brigada PolÃtico Social en una emboscada. En el confuso tiroteo que se produjo, murió un policÃa, y un joven integrante del grupo, Salvador Puig Antich, herido de bala, fue detenido e ingresado en prisión. Pese a todos los esfuerzos de sus abogados y sus hermanas para lograr el indulto, el asesinato de Carrero Blanco precipita su condena a muerte.
Salvador es ejecutado el 2 de Marzo de 1974 mediante el garrote vil, siendo el último en morir en nuestro paÃs bajo este infame instrumento medieval.
Un completo elenco de acores y actrices desfilan por esta historia de nuestro pasado no tan lejano. Un Daniel Brühl perfectamente amoldado al papel y con una actuación más que sobresaliente da vida a Salvador, logrando sin duda crear un icono de la lucha contra la dictadura que quedará para la posteridad.
La figura de Salvador se convierte para una parte del paÃs en el sÃmbolo de la lucha contra el franquismo y en muestra de la ferocidad de su criminal sistema represivo. Para otros, es y será únicamente un terrorista condenado por asesinato según las leyes de la época. Parece ser que las pruebas forenses y de balÃstica apuntaban a que, según la reconstrucción del tiroteo, Salvador no pudo ser en ningún caso el autor de la muerte del policÃa. El debate y la duda sobre el héroe y el terrorista continúan abiertos y lo estarán durante muchas generaciones.
Sin embargo, al ver esta pelÃcula, la culpabilidad o la inocencia de Salvador quedan en un segundo plano. Poco importa que aquel joven apretara el gatillo en un momento dado o no lo hiciera. No vemos al terrorista, no vemos al luchador ni al idealista armado. Vemos al joven Salvador, al hermano, al amante, al amigo, al hijo, al prisionero y al muerto tendido en una frÃa camilla. Vemos a los encargados de ejecutar la sentencia, frÃos y duros, apenas carcasas vacÃas de ser humano, crueles y asépticos. Pero ante todo vemos, sentimos, el tiempo. Los minutos de la pelÃcula, las horas y dÃas de la historia real, van cayendo sobre el espectador como enormes losas de pesar que le hunden en la certidumbre de aquello que ya sabÃa cuando entró en el cine: la muerte de Salvador es inevitable. Ante la barbarie humana convertida en sistema polÃtico no hay escapatoria posible. Ni todo un mundo alzando los puños y la voz pueden sacar al dictador de su lecho indiferente y hacerle conceder el indulto.

Pero Salvador, pese a los enormes méritos de Daniel Brühl, no es el protagonista de la cinta. Todo gira entorno a él, en apariencia, sólo en apariencia. El verdadero protagonista aparece en los últimos minutos, y al verle el espectador se da cuenta de que lleva más de una hora esperando su entrada en escena. El verdugo y su aparato de muerte, dos partes de una misma y terrible entidad asesina, asumen el verdadero protagonismo de la historia. Desde el primer minuto todo se enfoca y se dirige hacia ellos; la pelÃcula parece una permanente e inexorable cuesta abajo por la que ruedan todos los personajes hasta caer en manos del verdugo.
Si alguna justificación tiene el oficio de historiador es su capacidad de mostrar a la humanidad los grandes errores cometidos en el pasado, las causas que condujeron hacia ellos y sus consecuencias. La pena de muerte, la justificación del asesinato de un hombre a manos de sus semejantes, es uno de los inventos más antiguos y terribles que han regulado la vida de las culturas humanas. Han tenido que pasar ocho mil años de historia para que el ser humano comience a cuestionarse su utilidad y su legitimidad. Incluso hoy, en nuestro cómodo y en apariencia irreprochable mundo occidental, estamos rodeados por un mundo que continúa legitimando la pena de muerte y haciendo de esta práctica una piedra angular de la defensa de la ley y la seguridad.
PelÃculas como Salvador son un firme alegato a favor de la vida y contra las muertes por decreto y sin sentido. Sus contrastes entre las imágenes de libertad y de opresión, la enorme expresividad de los personajes y, ante todo, la angustia que preside los últimos momentos de la pelÃcula, logran en dos horas lo que la humanidad no ha sabido aprender a lo largo de los milenios: el espectador se mete en la piel del condenado, en la piel de sus hermanas, y siente en su propia alma el frÃo contacto del tornillo mortal en su nuca.
Comentarios
Fantástica pelÃcula,
Fantástica pelÃcula, seguro que pasará a la historia!