Cuando en Alemania se conoció la noticia de que Tom Cruise interpretaría al general Claus von Stauffenberg en la película Valkyrie, dio comienzo una larga y fecunda polémica que afectó a buena parte de los ciudadanos alemanes. Que la cabeza más visible de la Cienciología, considerada legalmente una secta peligrosa en el país germánico, encarnase a una de las figuras más admiradas y respetadas de todo el siglo XX fue un golpe difícil de digerir para muchos. ¿Respetarían los efectistas cineastas americanos la esencia de la historia de Stauffenberg y lo que ésta significaba para los alemanes o se limitarían a rodar una cinta para lucimiento personal de Cruise? ¿Sería un film más que presentara a los germanos como estúpidos borregos ciegos seguidores de un dictador sanguinario o conseguirían plasmar la dura lucha de los muchos alemanes que dieron su vida para derribar el régimen nazi de Hitler?

Que Claus von Stauffenberg es considerado un héroe en su país está fuera de toda duda. Calles con su nombre, placas, bustos en museos y memoriales y montones de libros perpetúan la memoria de este general y su lucha personal contra el nazismo. Mientras Cruise se enfundaba el uniforme de la Wehrmacht, todas las miradas se clavaban expectantes en el rodaje y aguardaban con ansia el estreno.
Alemania no quedó defraudada. La película Valkyrie de Bryan Singer resultó ser una obra concebida en gran parte para exaltar la memoria de Stauffenberg frente a la barbarie nazi. El héroe alemán queda retratado como un aristócrata leal a su patria, un soldado eficaz, un comandante que entendió que sus hombres estaban perdiendo la vida en las trincheras mientras incapaces políticos daban las órdenes desde sus sillones de Berlín. Stauffenberg se presenta como el prototipo de alemán virtuoso de los años veinte: amante de las tradiciones, elegante, cosmopolita, con una vida familiar ordenada y una cultura más que sobresaliente. Desde los primeros minutos del metraje este es el personaje que llena toda la pantalla con su presencia y su carisma, con su rectitud y su sentido del honor. El héroe alemán había quedado a salvo de las tergiversaciones de Hollywood; la película sólo contribuía a ahondar en su hagiografía. La interpretación de Cruise, más que notable, hizo a muchos olvidar su pertenencia a la Cienciología.

Pero, ¿es éste el verdadero Stauffenberg que nos ha legado la historia? ¿Es real esta visión del héroe que sacrificó su vida para tratar de asesinar a Hitler? En efecto, podemos decir que la película se mantiene fiel a la historia en sus grandes líneas. Todos los personajes que en ella aparecen son reales, y algunos de ellos presentan un sobresaliente logro de caracterización, tal y como comprobamos en la escena de la reunión de Hitler con los jerifaltes del partido nazi. La reconstrucción gracias a fotografías conservadas del atentado contra el Führer es fiel, tanto en el desarrollo de los hechos como en la escenografía. Incluso el dramático momento final de la ejecución de los conspiradores y la proclama patriótica del protagonista (Es lebe unser heiliges Deutschland¡) fueron recogidas por testigos en documentos de la época.
Es en los silencios, en las partes no narradas en el guión, donde se oculta parte de la verdad histórica. La vida de Claus von Stauffenberg no comienza, evidentemente, bajo las bombas de los Aliados en la campaña de África. Como miembro de la alta aristocracia, educado en los valores de la recia Prusia, no compartía los métodos groseros y burdos de Hitler y los suyos. Stauffenberg creía en la Alemania imperial anterior a la I Guerra Mundial y en sus valores, pero dudaba que hombres ridículos como Hitler, Himmler o Goering pudieran devolver a su patria aquel antiguo esplendor. Su educación aristocrática le hacía sentirse mucho más cercano a las posturas de los partidos conservadores de la República de Weimar que a las bases de dudosa procedencia que llenaban el Partido Nazi. Y sin embargo, Stauffenberg compartía con Hitler una buena parte de su ideología fundamental. El general tomó parte activa en la invasión de Polonia en 1939 y, tal y como se recoge en algunas declaraciones conservadas, estaba íntimamente convencido de la necesidad de que Alemania se expandiera hacia el este y sometiera a los pueblos eslavos a un régimen de dependencia. Fue sólo al comprobar que esta ideología podía ser llevada a extremos nunca sospechados por la humanidad, cuando Stauffenberg comenzó a acercarse a los círculos de la resistencia. El general, pese que la película trate veladamente de transmitir esta idea, no era un liberal ni un amante de la democracia, sencillamente porque muy pocos dentro de los grupos aristocráticos alemanes de los años treinta tenían esos sentimientos.

Su ferviente fe católica, incompatible con las ideas nazis, y su constatación de que los cuerpos creados por Hitler como las SS y la Gestapo minaban la honradez del ejército y no respetaban ningún tipo de código de honor le llevaron a asumir en su persona todos los riesgos de una operación casi suicida que suponía la muerte del Führer y el inmediato control de todas las fuerzas militares y policiales del Reich. El fracaso del atentado del veinte de julio de 1944 le costó la vida tanto a él mismo como a sus colaboradores más inmediatos y desató una vorágine de represión que supuso la ejecución de más de doscientas personas y la detención de más de cinco mil. Entre los ejecutados se encontraba el general Fromm, responsable del fusilamiento de Stauffenberg y los suyos, así como Erwin Rommel, uno de los más brillantes estrategas de la Wehrmacht.
Siempre nos quedará la duda de qué hubiera ocurrido si el atentado hubiera tenido éxito y la operación Valkiria se hubiera desarrollado correctamente. Es probable que el nuevo gobierno hubiera tratado de firmar la paz con los Aliados occidentales, aunque es muy dudoso que estos hombres conservadores hubieran aceptado un entendimiento con la Rusia totalitaria de Stalin o una salida de zonas ocupadas como Polonia o Checoslovaquia. El tipo de régimen que hubiera salido de esta experiencia fallida permanecerá por tanto en el campo de la especulación.
Meses después de estos hechos, los Aliados entraban en Berlín y ponían fin a la guerra en Europa. Los dirigentes del partido nazi se suicidaron o acabaron sentados en un banquillo durante los juicios de Nüremberg. Poco a poco, la humanidad fue cobrando conciencia de las atrocidades cometidas por el totalitarismo nazi. La figura de Claus von Stauffenberg comenzó a ser reconocida como el símbolo de la resistencia interna contra el nazismo, y como tal sigue siendo hoy venerado en la Alemania del siglo XXI.