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Sexo en Nueva York

Ver esta película constituye todo un experimento sociológico, incluso antes de que las luces se apaguen en la sala. Te sientas en tu butaca y notas extrañado una anomalía a tu alrededor. El noventa por ciento de los asistentes que te rodean son mujeres, de todas las edades y aspectos, solas, en parejas o grandes grupos. El otro diez por ciento lo constituyen hombres que han ido a acompañar a sus parejas, la mayoría de ellos sin tener ni la más mínima idea de lo que es Sexo en Nueva York, sin haber visto ni un solo episodio de la serie y, por supuesto, sin saber que se han metido en una trampa de más de horas duración. El comportamiento de las espectadoras queda reducido a la más absoluta homogeneidad durante la proyección de la película. Risas cómplices cada vez que un personaje masculino recibe un golpe emasculador en su alma o su entrepierna; exclamaciones ahogadas cuando las protagonistas lucen sus joyas, sus pisos o sus maravillosos armarios, aplausos cuando el personaje de la tímida amiga pone en el lugar que le corresponde al novio malvado. Sexo en Nueva York quiere ser un canto a la amistad entre mujeres más allá de la cuarentena, pero sólo logra ser una oda a la más absoluta frivolidad. Diálogos como “Tú me has devuelto mi vida”, “Sí, pero tú me has dado un Louis Vuitton”, resumen a la perfección el espíritu de la película.

Los rumores de la realización de este film comenzaron antes incluso del final de la serie que le da origen. Su éxito era tal que los fans no podían creer que la vida fuese tan absolutamente cruel de negarles la posibilidad de ver a sus heroínas en la gran pantalla. Sin embargo, la rumorología apoyada por algún que otro documental televisivo hizo correr la historia de que la mala relación entre las protagonistas había obligado a aparcar el proyecto y poner fin a la serie. Y en un principio así fue. La última temporada ofreció un final más que redondo en el que la escritora con cara y alma de zapato encontraba el amor maduro con el que llevaba diez años soñando, la niña bien que meaba perfume lograba crear una familia pese a su dramática infertilidad, la abogada profesional relajaba sus instintos depredadores y acababa viviendo en el Villaverde de Nueva York con su marido y su hijo, y la insaciable abuelita ninfómana abandonaba el campo de batalla del sexo para establecerse junto a uno de los torsos más musculosos que se hayan visto jamás en la pequeña pantalla. Una historia que había marcado un hito entre las mujeres de la primera década del siglo XXI con un final coherente que no había necesidad de alargar.     Naturalmente, si de algo saben al otro lado del Atlántico es

de resucitar gallinas de los huevos de oro con un buen boca a boca de millones de dólares. Que se lo digan al pobre Indiana Jones. Una oferta más que generosa hizo volver al redil a alguna actriz demasiado endiosada. Un cheque con algunos ceros de más terminó por pulir las diferencias entre las protagonistas, que, según se comenta en los mentideros del petardeo, llegaron incluso a firmar una cláusula según la cual si la película recaudaba una determinada cantidad de dinero todas ellas se comprometían a filmar alguna temporada más para la televisión. La gallina volvió a poner huevos de oro, para alegría de los productores y locura de los fanáticos de la serie. Por suerte o por desgracia, una sala de cine no es el salón de tu casa. Si te aburres no puedes ir a la nevera, o cambiar de canal. Por los buenos siete euros que te cuesta la entrada tienes que aguantar hasta el final, contra viento y marea. Y con esta película, a no ser que seas un fanático incondicional, cuesta aguantar sentado. Es demasiado larga, demasiado pija y demasiado predecible. Abusa en exceso de jugar con las envidias y los sueños de la clase media mundial. Todos queremos tener un ático con vistas a Central Park y un armario en el que cupiera dos veces el piso en el que ahora vivimos. Y todos sabemos que la mayoría nunca lo tendremos. Que te lo restrieguen un rato hace gracia, durante más de dos horas, acaba tocando la moral. Las intenciones de los guionistas quedan claras desde los primeros diez minutos: hay que resucitar la serie como sea, la película es sólo un puente hacia el verdadero objetivo. Y para ello tienen que deshacer el final perfecto que habían logrado en la hasta ahora última temporada. Por lo tanto, los personajes deben sufrir cambios y abrir de nuevo puertas que parecían haber quedado cerradas. Kristin Davis, en el papel de la infantil y dulce Charlotte York, apenas vive proceso alguno de desarrollo a lo largo de la película. Tampoco le hace falta. Charlotte lleva la carga de humor necesaria en una comedia romántica, y lo cierto es que cumple su papel a la perfección. Es feliz, lo sabe y no pide más. Se limita a hacer comentarios ingenuos y a verse humillada por culpa de su díscolo vientre en alguna escena. Si realmente existe alguien como Charlotte Cork en la vida real, Kristin Davis realiza este papel a la perfección. Miranda Hobbes, una más lésbica que nunca Cynthia Nixon, necesitaba un cambio para que su personaje tuviese algún papel en la historia. De ser una abogada altamente cualificada, profesional, trabajadora y tenaz, pasa a ser todo eso pero compaginándolo con ser madre de familia casada con un tipo simpático pero vago hasta la extenuación y con un hijo que ha heredado de ella su pelo y sus pecas. Una infidelidad por aquí, un comentario en mal momento por allá y ya tenemos a Miranda de nuevo en el ojo del huracán. Porque Miranda sin su cartera de abogado y su eterno rictus de cinismo, se convierte en una mujer más del montón, algo que Carrie no podría tolerar en su grupo de amigas. Kim Katrall, la esperanza viva de las mujeres de medio siglo, encarna a una Samantha Jones que no se resigna al final feliz que le habían adjudicado en la serie. Por muy guapo, musculoso y bueno que sea tu hombre, al final acabas aburrida de él. Samantha se pasa la película sumida en la duda entre retomar a la antigua ninfómana feliz, egoísta y despreocupada o resignarse a su papel de amante esposa de su exitoso y joven marido. La segunda opción habría dejado poco margen para una nueva temporada de la serie, por lo que Samantha decide volver a los ruedos en busca de nuevas y mejores corridas.   Y por último la feísima Sarah Jessica Parker, la muestra de que se puede triunfar con un rostro poco agraciado, una estatura más que discreta y una clausula en el contrato que te salva de enseñar nada de tu cuerpo mientras tus compañeras de reparto se pasan el día con el torso al viento. Su novio le compra un enorme ático en la mejor zona de la ciudad, la trata como a una princesa, se doblega a todos sus deseos nupciales, hace construir para ella un armario como un campo de fútbol sala… pero comete el imperdonable error de dudar diez minutos antes de la boda. Un personaje que hace plantearse dudas acerca de la  maldición de ser heterosexual. Los personajes masculinos cumplen un papel muy sencillo: o agachan la cabeza ante los deseos de sus mujeres o se convierten en saco de entrenamiento para las protagonistas jaleadas por el público femenino en la sala. Una muestra: un Smith Jerrod abandonado y apaleado tras haber sido el personaje más sano, leal y bueno de la serie, no merece ni una solo escena de compasión.     Por tanto, una película sólo apta para fanáticos. Si eres de los que tienes la serie completa en esa fantástica edición con forma de caja de zapatos y te pasas las tardes de domingo viendo un capítulo tras otro, la película te emocionará y saldrás encantado de lo maravilloso que es o sería ser mujer. Si has visto la serie alguna vez y te ha entretenido, prueba a ver la película: te hará gracia en algunos puntos, pero se te hará demasiado larga. Y si nunca has oído hablar de Sexo en Nueva York y no has visto ningún episodio de la serie, sal corriendo ahora que aún estás a tiempo.     

Imagen de karlosparejo

Yo no la he visto pero segun

Yo no la he visto pero segun lo que me han contado es una pasada. Lo malo es que dura dos horas y media.

Imagen de Josebailon

El ataque de las

El ataque de las cuarentañeras!!! JAJAJAJAJA

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