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Woodstock y los recuerdos que nunca vivimos

El cine más perdurable suele contarnos verdades a través de las mentiras magistrales que tejen directores, guionistas, actores y tantos otros profesionales. Pero a veces alguien se presenta con su cámara en el lugar adecuado, en el momento exacto y consigue captar un trozo de realidad irrepetible. Esto último fue, básicamente, lo que dio lugar a uno de los documentales más conocidos y singulares de todos los tiempos:  “Woodstock, tres días de paz y música”.

Para muchos que hemos nacido después de que tuviera lugar aquel macrofestival pionero, Woodstock tiene algo paradójico y misterioso, tal vez podríamos llamarlo incluso mágico, que nos hace sentirlo quizás más próximo que otros festivales contemporáneos, como el FIB o Festimad. Es cierto que Woodstock, al contrario de lo que tan a menudo sucede ahora con los festivales, no sufrió el desgaste de la periodicidad anual, aunque hubo hasta cuatro intentos de recuperar  su irrepetible esencia original  lo largo de tres décadas. Asimismo, es verdad que sucedió en una época de optimismo desbordante a pesar de lo que también tenía de convulsa. Los cambios eran tantos y de tal magnitud que hubiera resultado un milagro para cualquiera permanecer ajeno a ellos: en agosto de 1969 el hombre acababa de llegar a la Luna, las protestas juveniles contra la guerra de Vietnam se sucedían en EE.UU. y la revuelta estudiantil de mayo del año anterior en París quedaba muy cerca. La música se había transformado en menos de diez años como nunca antes se había visto, y con ella el aspecto y la actitud de las nuevas generaciones. La denominada “contracultura” se había apoderado de las calles. Fue el verano dorado del movimiento hippie, pero quizá englobar tantos acontecimientos en una corriente juvenil sea una manera de simplificar algo que llegó mucho más lejos. Los sueños más anhelados por aquella generación ingenua pero no del todo inocente nunca se cumplieron. El mundo no es un lugar más pacífico, ni tampoco vivimos en mayor armonía con la naturaleza o más alejados de la ansiedad de la vida moderna. Sin embargo, sí hay otra sensibilidad respecto al sexo o a la libertad de cada individuo para decidir de qué forma quiere disfrutar de su vida. Ese tipo de cambios son las pruebas más palpables de que algo como Woodstock realmente sucedió. Medio millón de personas soñaron despiertas y juntas con un mundo diferente al que les había visto nacer ya algún tiempo, cuando las marcas comerciales aún no controlaban hasta el último detalle de un evento con la coartada del patrocinio.

Pues bien, un joven desconocido llamado Michael Wadleigh tuvo la afortunada idea de estar presente durante aquel agosto de 1969 en el acontecimiento que sucedió en la enorme granja de Bethel, Nueva York. Filmó horas y horas de material tan variado que solo una relación detallada de lo que se incluyó en el montaje (en el que por cierto participó el por entonces principiante Martin Scorsese) podría dar para varias páginas: granjeros sorprendidos ante la masiva afluencia de quienes para ellos tenían un aspecto estrafalario, actuaciones legendarias de músicos que a su vez son leyendas como The Who o Jimmy Hendrix, hijos de padres que creían en la virginidad prematrimonial bañándose desnudos y viviendo el amor libre, vallas rotas por activistas ácratas  con el fin de que cientos de miles de personas pudieran acceder a una serie de conciertos para los que no se habían previsto tantas entradas… No obstante, lo realmente meritorio del documental es el modo, casi imperceptible e indiscernible por su sencillez, en que nos transmite ese paraíso efímero que una generación, su música y su nueva forma de entender la vida lograron durante tres días. Medio millón de personas soñaron despiertas y por un breve lapso de tiempo el sueño pareció real. Para entender cómo pudo ser posible algo así y no olvidarlo en este siglo XXI que, por el contrario, mira hacia el futuro con más temor que esperanza, ver “Woodstock, tres días de paz y música” es una experiencia inapreciable. La  memoria de algo que, lo sepamos o no, ha dejado huella en nuestro mundo.