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Cine Clásico

Fitzcarraldo y el mejor cine imposible

¿Se imagina alguien que para rodar una película sobre la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano se repitiese el extensísimo trayecto en una nave del mismo siglo en el que se hizo, el XVI? No fue muy diferente lo que hizo Werner Herzog en 1982 para plasmar su obra maestra, “Fitzcarraldo”. En esta cinta se muestra de principio a fin la casi inexistente línea divisoria entre demencia y genialidad, y para conseguirlo se optó por un modo de trabajo que parecerá demente o genial según el punto de vista del observador.

 

Fitzcarraldo y el mejor cine imposible

¿Se imagina alguien que para rodar una película sobre la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano se repitiese el extensísimo trayecto en una nave del mismo siglo en el que se hizo, el XVI? No fue muy diferente lo que hizo Werner Herzog en 1982 para plasmar su obra maestra, “Fitzcarraldo”. En esta cinta se muestra de principio a fin la casi inexistente línea divisoria entre demencia y genialidad, y para conseguirlo se optó por un modo de trabajo que parecerá demente o genial según el punto de vista del observador.

 

Woodstock y los recuerdos que nunca vivimos

El cine más perdurable suele contarnos verdades a través de las mentiras magistrales que tejen directores, guionistas, actores y tantos otros profesionales. Pero a veces alguien se presenta con su cámara en el lugar adecuado, en el momento exacto y consigue captar un trozo de realidad irrepetible. Esto último fue, básicamente, lo que dio lugar a uno de los documentales más conocidos y singulares de todos los tiempos:  “Woodstock, tres días de paz y música”.

Un eterno soplo de aire fresco llamado Jean Vigo

Una de las constantes de la historia del cine es la búsqueda de auténtica libertad, de aquello que no se puede premeditar ni alcanzar sólo mediante conocimientos técnicos. Lo buscaron Godard y Truffaut a mediados del siglo XX y otros, como el español Víctor Erice o el argentino Eliseo Subiela siguieron esa senda muchos años después. Es difícil concretar quién abrió aquel camino en el que las películas empiezan a ser más poéticas que narrativas, pero sí se puede afirmar con seguridad que Jean Vigo, un malogrado cineasta francés que murió en 1934, a los 29 años, fue de los primeros.

Coppola y Pacino, aquellos novatos

 

 En nuestros tiempos, que Francis Coppola y Al Pacino hayan sido las mejores bazas de muchas películas que hicieron historia no sorprende a nadie. Cuando rodaron la que les consagró a ambos, “El Padrino”, buena parte de su equipo pensaba lo contrario: aquel proyecto, se decían entre ellos, le venía demasiado grande a los dos.

La improvisada seriedad de los hermanos Marx

Que la comedia es algo muy serio ha sido una verdad demostrada por el cine en numerosas ocasiones, aunque a la hora de repartir premios nunca se haya tenido demasiado en cuenta. Pero con el paso del tiempo los premios van convirtiéndose en anécdotas y las obras que resisten al olvido acaban siendo el alma de una época para las generaciones venideras. Los hermanos Marx nunca tuvieron pretensiones de entrar en la historia, ni siquiera se fijaron otro objetivo que hacer reír al público. Hoy son un icono tan representativo del siglo XX como Hitler, Gandhi o el Che.

La llegada del cine sonoro acabó con la carrera de genios como Buster Keaton y obligó a otros, como Charlie Chaplin, a adaptarse más bien a regañadientes a otras formas de expresión que barrieron como un huracán a todas aquellas que les habían convertido en estrellas. Para los hermanos Marx, por el contrario, significó dar el salto definitivo desde Broadway hasta Hollywood. Fue una evolución bastante lógica, ya que hasta cierto punto es posible imaginar a Harpo y a Chico mostrando su talento en películas mudas, pero Groucho sólo podía ser aquello en lo que finalmente se convirtió: el primer gran cómico del cine sonoro. Originariamente fueron cinco. Dos, Gummo y Zeppo, quienes ciertamente no habían nacido con el mismo talento que los otros tres, abandonaron el grupo cómico en diferentes momentos y hoy día no pasan de ser una curiosidad para cualquiera que se acerque al mito.

Descalzos por el parque

Descalzos por el parque es una divertida comedia de 1967 dirigida por el poco conocido Gene Saks.

Es de esas películas maltratadas por el olvido del tiempo y del contexto. Yo la descubrí por casualidad que no por ninguna reposición y he de reconocer que a priori no estaba muy convencida debido a que R. Redford y J. Fonda no son actores que se caractericen precisamente por sus papeles en comedias. Después de disfrutarla he de decir que es una verdadera pena que no la repongan de vez en cuando.

La película tiene un reparto escueto pero totalmente suficiente. Está protagonizada por Robert Redford y Jane Fonda interpretando a una pareja de recién casados (Paul y Corie Bratter) que inician su vida en común en un apartamento que, por lo pequeño y por carecer de ascensor, pasa a ser otro de los protagonistas. Ingrediente fundamental es la actuación del francés Charles Boyer (Victor Velasco) como lunático vecino del que como apertura basta decir que entra en escena colándose en el apartamento de los recién casados para, a través de la ventana del dormitorio, salir a la azotea y poder entrar en su casa. Por último, la actriz Mildred Natwick (nominada al Óscar por esta película) interpreta a la irónica madre de Corie Bratter siendo el centro vital de toda la comedia, sufridora de la incansable inocencia de su hija, la locura y pasión del vecino y el cruel edificio de cinco plantas sin ascensor.

Actor’s Studio, la escuela de escuelas

¿Qué tienen en común Marlon Brando, Jack Nicholson y Cristopher Walken? Entre otras cosas, haber comenzado sus respectivas carreras en la misma escuela: el Actor’s Studio. Es muy posible que eso explique también por qué cualquiera de los tres, cada uno a su manera, puede simbolizar perfectamente un modo de actuar en el que la interpretación resulta tan creíble que el espectador a menudo tiene dificultades para distinguir a la persona del personaje.

Freaks, el terror como nadie lo volvió a ver

Pocos géneros en el cine han generado tantas imitaciones de sus propias obras maestras como el de terror. Sin embargo, una de esas obras maestras, tal vez la más genuinamente inquietante, sigue conservando muchas décadas después de su rodaje ese carácter extraordinario, esa capacidad de hacer sentir al espectador que está contemplando algo que nadie ha hecho antes, como tampoco ha habido quien quisiera o supiera volver a hacerlo después de su estreno en 1932.

En parte es comprensible, ya que por aquel entonces Tod Browning, en la cumbre comercial de su carrera tras el éxito arrollador del “Drácula” interpretado por Bela Lugosi, pudo llevar a cabo una idea que en nuestros tiempos de corrección política sería imposible plasmar en el celuloide. A partir de un cuento de Tod Robbins (“Espuelas”) concibió una película de terror que transcurriría en un circo donde, junto a atléticos trapecistas y domadores, personajes que sufren deformidades son exhibidos como parte del espectáculo. Browning quiso además que estos personajes fuesen interpretados por personas con deformidades reales. Y consiguió lo que parecía imposible: hacer una película totalmente encuadrable dentro del terror que logra lo que se le presupone a su género y evita una mirada paternalista sin perder el respeto por esos seres tan humanos como cualquier otro, pero castigados por la naturaleza como pocos. Todo ello aderezado por la perturbadora acidez que era marca de la casa en el director.

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